miércoles 21 de diciembre de 2011

Iván Heyn; uno de los nuestros.


La muerte nos metió otro gol de contragolpe.
No es la primera vez ni será la última, seguramente.
Todo es lamento y dolor en esta hora en que la mano escribe como puede esta tristeza de mierda que nos persigue como una sombra errante.
A veces hay que dejar que el corazón nos salga libre por la boca en el intento por entender qué pasa.
¿Por qué no estuvo allí la vida malherida para evitar la entrada de la maldita muerte? ¿Por qué no le avisaron a tiempo?
Esa sobrevida que llevamos, como una identidad disimulada y pudorosa, no está para quedarse como si nada con tanto alboroto con que esta primavera se despide.




domingo 27 de noviembre de 2011

Interpretando a Cristina....


En estos días tanto propios como extraños aparecen como suerte de  interpretadores de lo que Cristina esta pensando hacer en su segundo mandato, de corrimientos hacia la derecha hasta nueva alianza con empresarios.
Todo en  desmedro de los trabajadores , por su pelea o mejor dicho la tensión existente con Hugo Moyano, la quita de subsidios como retrogrado e inflacionario, la dolarización como devaluación contra los sectores populares.
No sera muy apresurado avanzar en interpretaciones ligeras cuando esta misma presidenta no tomo una sola medida contra los sectores populares.
El establishment esta operando desde el minuto cero para que no se profundice el modelo nacional y popular que comenzó con Néstor y sigue con Cristina.
 Las interpretaciones de esta hora son solo fotos que dentro de una semana pueden ser viejas...muy viejas.
Y el perro que dice?? veamos...acá


sábado 26 de noviembre de 2011


  Azul un ala.


         Por Luis Bruschtein


Dos situaciones que se entienden de maneras opuestas: a) El retiro de los subsidios es una acción desesperada porque las cuentas no cierran y b) El fuerte discurso de Cristina Kirchner en Aerolíneas anuncia la profundización de una línea antisindical y de la pelea con Hugo Moyano.
Otra opción: a) El retiro de los subsidios es una medida ya lógica pero que además no dejaría de ser preventiva ante los posibles coletazos de la crisis europea y b) el discurso muestra una negociadora dura anunciando que se llegó al tope de lo que se daba.
La primera interpretación ha llenado las páginas de los grandes medios junto con los comentarios de algunos de los inefables defensores de las políticas neoliberales que, como sucede en estos casos, ni siquiera ocultan el alborozo que les producen las situaciones que ellos mismos califican como de crisis. No existen demasiados argumentos para sostener la interpretación de la primera opción. En primer lugar, porque por más que se quiera buscarle la vuelta al Gobierno por ese lado, no pareciera que su flanco vulnerable sea que no le cierren las cuentas o que le falte dinero, o que hay grandes agujeros en el Presupuesto. Por el contrario, hasta podría decirse que ése es su punto más fuerte. Hay plata en la sociedad y el Gobierno tiene plata. Solamente con matemáticas forzadas se puede afirmar lo contrario ante la evidencia más simple en uno de los períodos históricos de mayor prosperidad económica y con un gobierno que lleva las cuentas con la meticulosidad de una libreta de almacenero.
Pero si no es que el Gobierno retira los subsidios porque no le cierran las cuentas o porque tiene un imaginario agujero negro en el Presupuesto, si no es por esa razón que necesita recuperar lo que se va en los subsidios al agua, la electricidad y el gas, entonces todo ese debate hay que asimilarlo a otros análisis apocalípticos como el del dólar, que pese a tanto griterío nunca se descontroló, así como a decenas de otras profecías sobre el fin del mundo que se han sucedido en estos ocho años.
Estas profecías se dicen en un tono de superioridad académica que todavía, a pesar de que se han repetido y engañado tantas veces, generan inquietud. Estos analistas del neoliberalismo, como algunos izquierdistas que celebran cada cinco años la crisis final del capitalismo, van a ser como los protagonistas de Pedro y el Lobo. Cuando al final suceda, nadie les va a creer. Por ahora el capitalismo –cuya norma es la crisis periódica– no está en fase aguda y el dólar goza de buena salud en Argentina igual que el Presupuesto. Ese no es el flanco débil del Gobierno.
La otra interpretación se ajusta más a los hechos. Solamente una visión dogmática de la economía puede asignarles a todos los subsidios una aplicación infinita en el tiempo. El subsidio es una herramienta que se aplica cuando se la necesita, en algunos casos se la puede retirar y en otros no. La aplicación de ese subsidio en el momento en que se hizo, en plena crisis, era necesaria. Cuando se tiene más del 50 por ciento de la población bajo la línea de pobreza, igual que el 50 por ciento de la capacidad instalada sin producir, es absurdo plantearse una aplicación diferenciada. El subsidio abarca a todo el mundo.
En este caso, la situación de emergencia ya fue superada y de lo que se habla es de redistribución de la riqueza con un sentido más equitativo. El retiro dirigido, calificado (a los pobres no y a los ricos sí), tiene ese objetivo. El problema es cuál es la línea divisoria para retirar el subsidio para que el resultado sea redistributivo y no de ajuste.
De todas maneras, la pregunta es si el Gobierno necesita ese dinero que recupera. Puertas afuera, en algunas de las economías más poderosas del planeta hay una crisis muy fuerte. Se ha repetido mucho que Argentina está vacunada contra un posible contagio porque tiene una deuda controlable y está fuera de los mercados de capital. Sin embargo, la crisis del 2008 en los Estados Unidos tuvo algunos coletazos en el país y el Gobierno los sobrellevó aguantando fuentes de trabajo que estuvieron a punto de cerrar y generando más trabajo con mucha obra pública. Contuvo esos coletazos con inversión pública. Hasta llegó, en algunos casos, a hacerse cargo de parte de los salarios de los trabajadores de empresas al borde de la quiebra.
Argentina sobrellevó esa crisis, sobre todo en el 2009, sin demasiado sobresalto. Fue el peor año para el gobierno kirchnerista en lo político y al mismo tiempo tuvo que paliar una crisis que nadie quiso ver y por cuyas consecuencias le echaban la culpa. La experiencia fue que la crisis se amortiguó con inversión pública. Y lo pudo hacer porque había recaudado lo necesario. Con una crisis en Europa que nadie sabe muy bien hasta dónde va a llegar, el Gobierno hace bien en cubrirse las espaldas. Amortiguar una situación de crisis con dinero recaudado entre los sectores de mayor poder adquisitivo a partir del retiro calificado de los subsidios sería una forma de redistribución.
En relación con el discurso sobre Aerolíneas, el mensaje destinado a dos de los gremios de esa empresa pública fue muy claro: tiraron de la piola hasta que se cortó y ahora se acabó la negociación. Hay un límite que un gremialista sabe que no tiene que pasar cuando llega a generar una situación de conflicto donde al empleador ya le da lo mismo negociar y ceder que no hacerlo, porque en los dos casos se mantiene la conflictividad. Estos gremios se aprovecharon de la extrema visibilidad de Aerolíneas para obtener beneficios. La dirección de la línea aérea prefirió negociar y ceder para evitar conflictos que implicaran suspensiones y retrasos de vuelos. Pero los conflictos siguieron, por encuadramiento sindical o por disputas de poder. Una aerolínea con permanentes retrasos y suspensiones de sus vuelos deja de ser competitiva y se funde. El Gobierno invirtió 1500 millones de dólares desde la reestatización y cedió ante los reclamos, pero la conflictividad se mantuvo. El discurso presidencial fue “hasta aquí llegamos” con esa estrategia. Si negociando no se soluciona nada, entonces se pasa a otra política con otro tipo de negociaciones. Las conducciones de los gremios de pilotos y de técnicos deberán reconsiderar sus estrategias, ya que sólo estaban logrando crear las condiciones para la reprivatización de la empresa bajo otro gobierno.
La campaña mediática contra la conducción de Aerolíneas era música de la misma orquesta de siempre. No deja de ser gracioso que estén todo el tiempo mirando para arriba a ver lo que hace el Gobierno. Y ante cada paso que da, los mismos músicos de siempre empiezan con la misma musiquita. Son demasiado previsibles para ser “independientes”, siempre tiran para el mismo lado. Aerolíneas es una vidriera muy expuesta. Nada de lo que se haya hecho se hizo sin la consulta previa con la Presidenta, que fue muy clara sobre ese punto en el discurso: “No los nombró la divina providencia”, dijo. Cada crítica que se le haga a la conducción de la empresa también lo será contra la Presidenta.
Entreverados con esa disputa que puso en evidencia el mal humor del Gobierno por la conflictividad en Aerolíneas, se entrevieron las opacidades y rispideces por las que atraviesa la relación del Gobierno con el jefe de la CGT, Hugo Moyano, o al revés, de Moyano con el Gobierno. En las líneas más altas de la CGT y el Gobierno niegan cualquier situación de alejamiento. Entre los cuadros intermedios se alegan conflictos menores para dos interlocutores de ese nivel. De todos modos, es imposible no ver que la relación no tiene la fluidez de otros momentos entre la Presidenta y Moyano, cuyos destinos políticos están muy ligados entre sí porque se necesitan mutuamente. Moyano quizá sea el mejor respaldo que puede encontrar el Gobierno en la CGT y, al revés, el proyecto político de desarrollo del mercado interno, creación de fuentes de trabajo y estrategias de redistribución de la riqueza que impulsa el Gobierno es el que mejor encaja con la concepción gremial de Moyano. Hay allí también una piola en tensión, pero en este caso parece difícil que se rompa.

domingo 13 de noviembre de 2011


¿Terroristas económicos?

Hernán Brienza

Clarín y La Nación están llevando adelante políticas comunicacionales desestabilizadoras y golpistas con el objetivo de generar terror en los ‘giles’, minar al gobierno en el lugar donde es más fuerte –el éxito económico– y conspirar contra el ahorro de 40 millones de argentinos, es decir, las reservas del Banco Central.
 
Uno (el argentino medio común) no quiere ser un “perejil”. Y piensa: “Esta vez sí que no me agarran.” Ya sufrió la brutal devaluación del Rodrigazo que de la noche a la mañana le mutiló en un 60% los ahorros de años y años de trabajo. Ya fue derrotado cuando le hizo caso al ministro de Economía de la última dictadura militar, Lorenzo Sigaut, y no compró divisas porque “el que apuesta al dólar pierde”. Vio cómo su pequeña fábrica se desplomó como un castillo de cartas en aquel fatídico 6 de febrero de 1989, cuando una corrida bancaria comenzó a llevarse puesto al gobierno de Raúl Alfonsín y a toda la economía nacional. Y, por último, también sufrió el secuestro de sus ahorros por Domingo Cavallo y su inefable “corralito” bancario y la “pesificación asimétrica” impuesta por Eduardo Duhalde, el que “no le devolvió dólares al que puso dólares”. Uno (ese argentino híper lúcido, ese cultor del pobre individualismo borgeano, el que se las sabe todas) está quemado por 50 años de defraudaciones políticas, económicas, institucionales. Y, se sabe, el bolsillo es el órgano que más memoria emotiva tiene. Entonces, cuando uno lee en los principales diarios matutinos, Clarín y La Nación (los diarios que “son la Argentina”, como bien dijo alguna vez Elisa Carrió, o al menos son la Argentina que va desde la Guerra del Paraguay hasta la licuación de sus propias deudas en el 2002) que el dólar va a estar en cinco, seis, ocho, 24, 2534 pesos comienza a sentir un terror similar a que el pasado vuelva a robarle todo lo que ahorró con el esfuerzo de su frente, el de su mujer, el de sus trabajadores. Entonces, dice resuelta: “Esta vez a mí sí que no me agarran. No cuenten conmigo para esta patriada.” Y toma sus 500, 5000, 50 mil pesos y se va corriendo a una casa de cambio o un banco a cambiarlos por los “verdes” salvadores. Y uno se cree a resguardo. Económicamente, claro. Pero también simbólicamente. Uno no va a ser ese gil que esta vez el gobierno de turno “cachó” desprevenido, y exclama orgulloso de sí mismo: “Habré comprado a 4,80 o cinco pesos en el paralelo, pero a mí esta vez el Estado no me caga.”
Bueno, tengo una mala noticia, estimado lector. Si los argentinos no defendemos al Estado en su pelea contra aquellos que quieren elevar el precio del dólar para su propio beneficio sin importarles las consecuencias económicas, sociales, políticas, seguimos siendo los “giles” de esta historia.
Leía esta semana un párrafo luminoso de Luis Majul, de su libro Por qué cayó Alfonsín, escrito mucho antes de convertirse en el columnista mimado de uno de los diarios que “son la Argentina”: “La caída de Alfonsín… signada por el Nuevo Terrorismo Económico. ¿Es terrorista o no una firma que compra 40 millones de dólares en un día, hace subir la divisa, la papa, los pañales, se mete en la cama de los enamorados, conspira contra el placer, apresura la muerte de los más débiles y enriquece sin esfuerzo a los más fuertes?... ¿Cómo se puede calificar a los capitalistas argentinos que no invierten sin un subsidio estatal y que cuando ganan un dólar no lo colocan en la producción sino que lo envían al exterior y se olvidan del asunto?” Interesante juego de preguntas ¿no? Y se podría seguir enumerando las interrogaciones. Por ejemplo: ¿Es terrorista un diario que especula con el temor de los argentinos publicando informaciones falsas sobre la subida del precio del dólar? ¿Y los economistas de lo estatuido que se pasean por los canales de televisión, defendiendo los intereses particulares de sus clientes, alertando a la sociedad de que estamos a las puertas de la inflación y una escalada del tipo de cambio, no son como hombres-bomba pequeñitos que van minando la confianza de millones de argentinos? ¿Y los exportadores que no liquidan sus dólares especulando con una devaluación intempestiva? 
Y uno sigue siendo un gil, claro. Que con los pesos ahorrados en los últimos años sale corriendo a comprar dólares creyendo que así se salva. Y genera un aumento en la demanda de divisas, pequeña, mínima, manejable para el gobierno, pero que golpea mediáticamente. Porque allí están los comunicadores preferidos del Viejo Terrorismo Económico –¿periodista militantes pagos por el “anarco- capitalismo financiero”?(CFK dixit)– agitando fantasmas del pasado. Dicho con todas las letras: Clarín y La Nación están llevando adelante políticas comunicacionales desestabilizadoras y golpistas con el único objetivo de generar terror en los “giles”, minar al gobierno en el lugar dónde es más fuerte –el éxito económico– y conspirar contra el ahorro de 40 millones de argentinos, es decir, las reservas del Banco Central. (Digresión: No me refiero a los trabajadores del diario Clarín y La Nación, ni siquiera a aquellos que con mayor o menor grado de honestidad intelectual están sinceramente en contra del gobierno, sino a aquellos operadores que establecen estrategias políticas determinadas a favorecer los intereses del capitalismo concentrado y a perjudicar al Estado).
Y uno es gil, lamentablemente. Porque la emprende contra las medidas del gobierno –acertadas o no, ese es otro debate– para contener la “corridita cambiaria” y se queja porque ahora la AFIP nos sopla en la nuca y tenemos que recurrir al “paralelo” y pagar un 25% más que el precio oficial porque no tenemos las cuentas en regla ni todos los trabajadores en blanco. Y mientras tanto, millones de argentinos disfrutan de las virtudes en pesos del modelo de acumulación, ahorro y redistribución de riquezas iniciado en 2003.
La pelea de fondo es esta y no otra: ¿El destino histórico de los argentinos lo maneja el bloque de poder integrado por un selecto grupo de capitalistas especuladores y sus voceros consuetudinarios o el Estado nacional? ¿Los dueños de la Vieja Argentina o un gobierno elegido democráticamente por la mayoría absoluta de un 54 por ciento? Los poderes concentrados, a los que les molesta la política, apostaron al enfrentamiento directo cuando vieron amenazados sus intereses; luego optaron por esperar a que las “cinco tapas de Clarín” hicieran lo suyo y comprobaron con tristeza que el viejo aliado tenía la pólvora mojada; ahora, intentan esmerilar de a poco, con episodios sucesivos, el corazón del modelo nacional y popular: la fortaleza macroeconómica y las reservas del Banco Central. En ese marco, espiralear la puja distributiva, incluso con nobles intenciones, es hacerle el juego a los poderes concentrados frente a un año crítico como 2012.
Creo que el Estado debe aplicar toda su fortaleza contra los “terroristas económicos”. Y lastimarlos allí donde más les duele: el bolsillo, los intereses particulares, las ganancias. Aleccionador al chiquitaje, claro, pero sobre todo, aguillotinar a los “anarco-capitalistas financieros”. Sabrán disculpar mi jacobinismo dominguero, pero creo que esta es una de las batallas finales que tiene la democracia frente a los poderes fácticos. Y es trascendental. Lo demás, perdonen este final chocarrero, es debate para la gilada.