
Por Juan Manuel Abal Medina
El peronismo es un fenómeno cuya identidad y características definitorias siguen siendo debatidas, a 64 años de su nacimiento, por académicos, cientistas sociales, periodistas y por sus propios protagonistas. En este período, ha tratado de ser encasillado bajo diferentes y contradictorios términos: como un movimiento nacional y popular latinoamericano; como una versión local de la democracia cristiana; como una fuerza populista; como la expresión nacional del socialismo; como un partido laborista con un fuerte peso de los sindicatos; como la versión argentina del corporativismo fascista; en definitiva, distintos autores, desde diferentes perspectivas (e intereses, obviamente) han intentando reducir el peronismo a algún concepto que permita sintetizarlo. Algunos han caído en una exageración que raya el disparate, pero en conjunto denotan el inagotable interés que despierta el movimiento político nacido el 17 de octubre de 1945.
Ese día marca la irrupción plena de las masas populares en la vida política del país. Más aún, implicó un quiebre cultural de enormes dimensiones, que Raúl Scalabrini Ortiz describiera poéticamente como el subsuelo de la patria sublevado. Se trataba de una Argentina (y de unos argentinos) que las clases medias y acomodadas de la Capital apenas conocían vagamente, y que a lo sumo consideraban una rémora de un pasado casi extinto. Los partidos de izquierda no supieron leer los acontecimientos, y describieron a los obreros movilizados con términos peyorativos, como si se trataran de un circo o una murga. Como se lamentaría más tarde Ernesto Sábato, “cuando tantos intelectuales de izquierda marchábamos al lado de conservadores y señoras de la sociedad, deberíamos haber sospechado que algo estaba funcionando mal". Con el tiempo, la relación entre el peronismo y la izquierda comenzaría a converger, si bien de formas tumultuosas y nunca totalmente afianzadas. En definitiva, a ambos los une su compromiso con los sectores más postergados.
Creo que ahí está lo definitorio del 17 de octubre, y también del peronismo. Ésta es una fuerza que expresa política y culturalmente a los sectores populares de la sociedad. Si bien ideológicamente el peronismo ha mostrado una plasticidad que la mayoría de las fuerzas laboristas, socialdemócratas o nacional-populares no poseen, su presencia aún vigente y predominante en los sectores obreros ratifica dónde está el anclaje de este partido. Lo que movilizó en su origen al peronismo, y lo que todavía hoy lo separa del “antiperonismo”, tal vez no sean políticas concretas fácilmente ubicables en un eje izquierda/derecha; en eso nuestro sistema partidario presenta una peculiaridad. Pero lo que asemeja al peronismo con esas fuerzas laboristas o socialdemócratas europeas, o con los movimientos nacional-populares latinoamericanos, es su capacidad de apelar a los grupos más débiles y vulnerables de la sociedad, y de brindar respuesta a sus necesidades más apremiantes.
Y esta respuesta no sólo es material, sino que, como mostró muy bien el 17 de octubre, también es simbólica. Es la posibilidad de entrar a la gran ciudad cosmopolita y europea. Es la apertura efectiva a sectores marginados de la vida política, reservada hasta entonces a gente bien. Es la aceptación de que la Argentina es mucho más diversa que los reductos exclusivos de las personas civilizadas. En ese sentido, el peronismo y el antiperonismo reflejan una división que va más allá de la política, y que se enmarca en un clivaje cultural que Sarmiento definiera como la civilización o la barbarie. Por eso, creo, es tan difícil encuadrar a los partidos argentinos en las categorías conceptuales de sociedades donde esta fractura no se presentó.
En tal sentido, podemos entender al 17 de octubre como un avance decisivo hacia la democratización de la sociedad argentina, una característica que, pese a todo, aún está presente en las relaciones entre los grupos sociales. Esta horizontalidad en el trato no existe en todas los países de la región, y el peronismo ha sido fundamental para ello. Creo que ésa debe ser la bandera para el peronismo en la actualidad, y es lo que el gobierno de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner lleva adelante. La democratización de los medios de comunicación, la redistribución del ingreso, la apuesta permanente por un Estado que trabaje por los que menos tienen, son políticas que llevan el sello de la equidad política y social. Ahí, creo, radica el mensaje todavía vigente del 17 de octubre.
Vicejefe de Gabinete de Ministros de la Nación.
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