domingo, 14 de febrero de 2010

Maestro de la vida.

Por Washington Uranga.

Toda despedida es difícil y desgarradora. Pero se hace más sostenible cuando el que parte, como en este caso nuestro querido Negro, ha sido capaz de dejar en nosotros huellas, marcas que quedan como tatuajes en nuestra conciencia, en nuestra práctica, en nuestra propia vida. José María fue de esos compañeros de la vida capaz de ser maestro y amigo al mismo tiempo, tan malhumorado como tierno simultáneamente, sabio e intuitivo a la misma vez. Ninguno de aquellos a quienes la vida nos regaló el privilegio de compartir con él podrá decir que su presencia resultó de alguna manera indiferente. El Negro no fue un hombre para las indiferencias: pasional en todo, incisivo, audaz, de convicciones firmes y comprometido con ellas. Nada hizo sin pasión. Más filósofo de la historia que analista político, nunca le faltó el humor, aun en los momentos más tensos y difíciles.


¿Cómo recordarlo?

Seguramente como el maestro, que lo fue. Maestro de periodistas, pero más maestro de la vida. A quienes sólo se conectaron con él a través de sus escritos –inteligentes, agudos y aportando siempre elementos para pensar, para reflexionar, para abrir la mente– tenemos la obligación de contarles que detrás de cada nota, de cada texto, se escondía un hombre de una integridad total, capaz de soñar, de imaginar, de gozar con las cosas pequeñas de la vida. Nosotros tenemos la obligación de contarles que José María, el Negro, fue amigo de los amigos, fue maestro de muchos, fue consuelo y cobijo. Tenemos la obligación de contarles que, detrás del gesto adusto y, a veces, de la palabra destemplada, hubo siempre un enorme corazón generoso, una infinita capacidad de comprensión y una solidaridad inagotable.

¿Cómo recordarlo? Como un hombre íntegro, un maestro de periodistas y de tantos otros, un luchador permanente y comprometido por la justicia, por los derechos humanos, por el derecho a la comunicación... por el hombre y su libertad.

Y en medio del dolor desgarrador de la partida y ante tantos atributos yo quiero recordarlo como el amigo de hierro, el que estuvo siempre, en cualquier circunstancia, en todas las oportunidades, siempre dispuesto y siempre atento, sin ningún egoísmo, abierto a la escucha y con la palabra adecuada para acompañar sin avasallar.

Así te recordaré siempre, José María.

Hasta cualquier momento. Hasta siempre querido

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