jueves, 10 de junio de 2010

Una vieja historia peronista.



Por Alberto Dearriba.

El presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Héctor Méndez, mandó al diputado Héctor Recalde a vivir a Cuba. Fue después de que el legislador vinculado con el titular de la Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano, impulsara un proyecto de ley para hacer efectiva la participación de los trabajadores en las ganancias empresarias, consagrada en la Constitución Nacional.


En realidad, en la Cuba revolucionaria de Fidel Castro los asalariados no tienen participación en las ganancias sino que –como se sabe– las empresas están allí socializadas. El proyecto de Recalde impulsa que los trabajadores puedan integrarse a los directorios, acceder a los balances y discutir el reparto de utilidades, pero no socializa los medios de producción.


La figura de Recalde, un veterano laboralista, no es en verdad del agrado de muchos empresarios ya que desde que se sentó en su banca a principios del kirchnerismo no hace más que reponer normas laborales abolidas por el menemismo.


Una idea peronista. El legislador kirchnerista no impulsó la aplicación de una institución del socialismo sino un derecho consagrado en la Carta Magna argentina, compatible con el sistema capitalista vigente. Al igual que las convenciones colectivas, la participación de los trabajadores en las ganancias es en verdad una institución cara al peronismo histórico, con la que se intenta superar una de los conflictos fundamentales de las sociedades de consumo.


La idea peronista de la conciliación de clases entre burgueses y asalariados campea detrás de las negociaciones colectivas y del proyecto de Recalde. Precisamente son herramientas que intentan sintetizar las contradicciones capitalistas en una mesa de negociaciones, en lugar de resolverlas en el terreno de los conflictos gremiales. Con las negociaciones colectivas, la Argentina kirchnerista retomó una institución del peronismo en pos de un mercado interno más dinámico y de una mayor justicia social.


Claro que, por más civilizados que sean los tironeos, las paritarias generan inevitables rispideces, porque es allí donde se escenifica de manera palpable la disputa por la torta. Al menos, se trata del momento que aguardan los trabajadores para mejorar su nivel de ingresos, ya que los empresarios pueden hacerlo con mayor autonomía cuando aumentan unilateralmente los precios de sus productos con el fin de agrandar la porción que pueden coptar.


Temor al off-side. Para colmo, ocurre siempre que algunos líderes sindicales sienten haber quedado en off-side frente a sus dirigidos, porque consiguieron una tasa de incremento inferior a la que obtuvieron algunos colegas. Esta competencia sindical suele desatar rechazos empresarios. Pero si en cambio los dirigentes gremiales se quedan cortos, sienten que se les mueve el piso por el descontento de las bases. Algo de eso ocurrió en los últimos días cuando algunos sindicatos reclamaron la reapertura de las paritarias, porque quedaron descolocados frente al incremento del 30 por ciento logrado por los trabajadores de la alimentación.


“A los que arreglaron por menos del 30 se les va a venir la noche”, advirtió el gastronómico José Luis Barrionuevo. Pero lo cierto es que desde el costado de los trabajadores, no sólo debe observarse la tasa conseguida en las negociaciones colectivas, sino el punto de partida sobre las que se aplicará el incremento.


Las pitonisas del caos. Cada vez que se abren negociaciones colectivas surgen las advertencias de los agoreros, que preanuncian un escenario de caos si los trabajadores tiran demasiado de la cuerda. Insisten en que los aumentos de salarios son inflacionarios sin tener en cuenta que los economistas coinciden en calcular que la incidencia del salario oscila entre el 3 y el 15 por ciento del precio final de los productos, según sean de mano de obra intensiva o extensiva.


Los que preanuncia el caos son los mismos que guardan un estruendoso silencio cuando las empresas captan ingresos por la vía del aumento de precios, en lugar de hacerlo mediante el incremento de la producción. O peor aún, los que culpan al gobierno de los aumentos de precios que generan los empresarios y se comen los beneficios que otorgan por ejemplo los planes sociales.


Profecía autocumplida. Para descalificar las demandas, estos vaticinadores de agorerías advierten que los aumentos de sueldo pueden desatar una carrera de precios y salarios. La amenaza es clara: “Si se reclaman aumentos elevados, aumentaremos los precios para recuperar lo que tuvimos que ceder”, parecen decir. En verdad, son ellos mismos los que están en condiciones de desatar el caos que vaticinan con sólo aumentar los precios de sus productos. Y encima le cargan la responsabilidad al gobierno con la ayuda inestimable de los medios para los cuales la culpa la tiene siempre la política y no los sectores de poder a los que nadie vota.
Otra historia. De todos modos, este país que discute el reparto de la renta nacional es muy distinto a aquel de los ’90, en el que las conducciones gremiales sólo atinaban a reclamar la mantención de las fuentes de trabajo. Las presiones por mayores salarios no eran posibles cuando se cerraban empresas todos lo días. Con una desocupación de hasta el 25 por ciento, las presiones salariales eran solamente hacia la baja. La administración de Fernando de la Rúa –antes que el modelo neoliberal estallara en mil pedazos en 2001– llegó a rebajar jubilaciones y sueldos estatales para pagar la deuda externa.


Pese a los vientos que soplan hoy en Europa, donde líderes populares aplican políticas de ajuste archiconocidas por estas costas, prima en cambio en la Argentina la decisión política de empujar la economía con mayor demanda. Y en ese intento por lograr un mercado interno generoso –con el espejo de aquel mítico fifty-fifty del primer Perón– los salarios son una herramienta central. Lo contrario es la paz de los cementerios.

2 comentarios:

Javier dijo...

Se podra llegar al fifty fifty ? Este es el periodo mas largo denuetsra historia de libre negiocacion de partitarias . Esperemos que dure muchos años mas porque falta mucho por lograr .

Muy buena la nota.

Un abrazo

A.C.Sanín dijo...

La verdad es que Recalde es un ejemplo. Como escribe Dearriba, se ha ingeniado para desmontar el desastre heredado del menemismo y eso explica la aversión de ciertos empresarios hacia su figura. Saludos.