Por Washington Uranga. Toda despedida es difícil y desgarradora. Pero se hace más sostenible cuando el que parte, como en este caso nuestro querido Negro, ha sido capaz de dejar en nosotros huellas, marcas que quedan como tatuajes en nuestra conciencia, en nuestra práctica, en nuestra propia vida. José María fue de esos compañeros de la vida capaz de ser maestro y amigo al mismo tiempo, tan malhumorado como tierno simultáneamente, sabio e intuitivo a la misma vez. Ninguno de aquellos a quienes la vida nos regaló el privilegio de compartir con él podrá decir que su presencia resultó de alguna manera indiferente. El Negro no fue un hombre para las indiferencias: pasional en todo, incisivo, audaz, de convicciones firmes y comprometido con ellas. Nada hizo sin pasión. Más filósofo de la historia que analista político, nunca le faltó el humor, aun en los momentos más tensos y difíciles. ¿Cómo recordarlo? Seguramente como el maestro, que lo fue. Maestro de periodistas, pero más maestro...